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FILOSOFÍA DE LA TÉCNICA TEATRAL. Indagación sobre las conexiones entre lo vivencial y la teatralidad, de Gustavo Manzanal

A propósito de este nuevo libro sobre teatro*

Siempre nos ha maravillado la actitud de determinadas personas que han sometido su vida a una vocación y los hemos llamado genios. Son los que han dejado de lado la posibilidad de placeres mundanos, como el éxito o el poder económico, para escribir, pintar, componer o investigar. Contra lo que muchos creen, no lo hacen para conseguir un triunfo personal; se sienten compelidos a hacerlo por una fuerza absoluta, como si tuvieran una misión que cumplir. 

Cuando hablo de someter la vida a esa necesidad de expresión me vienen a la cabeza dos ejemplos; uno, del gran dramaturgo suizo, Friedrich Dürrenmatt, que en una célebre conferencia sobre teatro pide disculpas por no saber nada de muchas cosas porque debe escribir todo el día, y el de nuestro Jorge Luis Borges, que en un memorable texto cuenta cómo el poeta y narrador que hay en él vampiriza su vida cronológica, y cómo todo lo que hace, hasta cosas nimias, por ejemplo demorarse “para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel”, va perteneciendo lentamente al otro. 

¡Uno confiesa su ignorancia porque pasa demasiado tiempo escribiendo o corrigiendo sus propios textos, y el otro destina todo lo que vive a la parte de él que crea! Porque es extraordinaria la fuerza que el hombre concentra para hacer una determinada creación. Al respecto, y para terminar con esto, siempre me maravilló la descripción que hace Platón de Sócrates, al comienzo de “El Banquete” –a tal punto que la incorporé a una de mis obras–, donde narra que su maestro va a la fiesta en cuestión acompañado y de pronto se queda parado en la calle, sin moverse, y pide que lo dejen ahí que después va a sumarse a los otros, ¡porque ha empezado a pensar! ¡Detiene todo otro consumo de energía del cuerpo para lograr ese objetivo!

No sabemos qué produce un Kafka, o un Marcel Proust, que en su lecho de muerte termina “A la búsqueda del tiempo perdido” –como sabemos, la última parte, el tiempo recobrado, no fue corregida por su autor–, aunque tenemos algunas pistas. Crecieron en medios culturalmente muy ricos, apasionadamente conflictivos, y tuvieron muchas posibilidades personales de expresión.

Ahora bien, la mayoría del los mortales, como Gustavo Manzanal y el que escribe estas líneas, no pertenecemos a la selecta minoría que espera ese rapto –volveremos sobre esta palabra– que condiciona su vida entera; pero estuvimos siempre apasionados por un arte, en este caso el teatro. Y pasamos nuestro tiempo sobre la tierra creando textos, produciendo trabajos teóricos y enseñando a otros a hacerlo. O sea, somos de los que creemos en la democratización del derecho a crear. 

Porque hay una tendencia a creer que la sociedad se compone de dos estamentos: los que “crean”, que conducen activamente los destinos políticos y económicos, y los que pasivamente asisten a lo desfiles, sean militares o de modelos, y ven por televisión a los que viven, y no solo duran. A estos últimos se les reserva una porción de la sociedad del espectáculo: son protagonistas cuando nacen, se casan y se mueren, circunstancias en las que logran tener algunas personas alrededor, interesadas por lo que les pasa. 

Otros pensamos que todos deberíamos ser activos protagonistas en la creación, al nivel que nuestra sociedad, nuestra libertad y nuestra estructura personal lo permitan, y para conseguir esa meta batallamos incansablemente. Gustavo Manzanal lo hace desde su lugar de trabajo docente en el TeTeBA (Teatro Terciario de Buenos Aires), como director teatral y como ensayista en Filosofía de la técnica teatral. 

A esto se refiere, en mi opinión, cuando escribe:
“Leer grandes autores, pulsar el cuerpo en el recorrido íntimo y compartido, indagar en personajes que dicen más sobre uno mismo que sobre lo que ellos son, replantearnos los temas que en la historia lograron sobrevivir, interpretar grandes textos, contextos, subtextos, intertextos, paratextos, ejercitarnos en los desplazamientos sobre arena, sobre ripio, sobre cemento y madera, ver los gestos de la gente, sus realizaciones y lo que guardan. La sabiduría literaria desciende a nuestras venas durante el hecho dramático, y así nos anima a comprender una inmensa variedad de códigos insertos en las estrategias del accionar; con esto el lenguaje de la filosofía compensa su lógica, el silogismo, el aforismo y la sentencia. Se mundaniza para no alejarse del núcleo al cual, paradojalmente, busca desde los tiempos más remotos acercarse”.

A la visio debe seguir la misio, dicen los que han estudiado el fenómeno de la creación. Una visión primera, que sucede generalmente en la adolescencia prefigura lo que viene; a esto sigue una misión, que es una militancia en la vida adulta. Seguramente Spinoza tuvo una visio muy poderosa de joven para consagrar la vida a escribir un libro, la “Ética”, hoy dramáticamente de moda –y que tiene mucho que ver con el libro de Manzanal–, donde se postula que la potencia humana aumenta o disminuye según quiénes nos afectan. Y por potencia Spinoza entiende la capacidad de actuar y de pensar. Y los que hacemos teatro somos muy concientes de la eficacia material de esta premisa. Teatro no se hace solo, sino con muchos que se eligen. Si se eligen bien, el resultado es superior.

La visio no debe ocurrir en medio de relámpagos, o caminando por la calle bajo la lluvia; puede ocurrir por ejemplo leyendo un libro como Filosofía de la técnica teatral que me inspira a cambiar. Yo podría contar los libros que me abrieron la cabeza (otra expresión idiomática digna de estudio) y estoy seguro que muchos jóvenes y adultos, abriendo este material –que puede leerse del principio al final y también abriéndolo en cualquier página– se van a sentir estimulados a pensar y a actuar.
El teatro es el arte más colectivo que existe; no sólo porque el autor no puede escribir en soledad, sino porque actores, director, escenógrafo y otros participantes deben cumplimentarse para generar un producto nuevo, que antes no existía: un espectáculo teatral. Y como dijimos, si hay buena relación entre los integrantes, van a aumentar su potencia creativa.

Por eso Manzanal abarca entre otras cosas lo que él llama la argumentatividad del espectáculo, que nos hace pensar, o creer; por eso vincula aprendizaje con creatividad, que nos permite “conocer más sobre uno y el mundo” –dice. Y agrega que el teatro es una manera práctica de filosofar, de enfrentarse a los valores establecidos, a los modelos de conductas. Y define: “la filosofía en el teatro consiste en encontrar desde el exterior la verdad interior”. Extiende después esta premisa al dar al teatro la posibilidad de “arrancar al mundo un discurso aún no pronunciado”, como afirmamos en el párrafo anterior. 

En cuanto a la verdad, partiendo de Spinoza, Manzanal afirma temerariamente que “es la búsqueda del saber, la superación del padecimiento y por lo tanto el acceso a la libertad”, concepto que compartimos y que se desarrolla ampliamente en la primera parte de este cautivante material, escrito entre el des-orden y la exaltación.

Igual el autor vuelve una y otra vez sobre el aprendizaje, uno de sus leit motiv, afirmando “No hay que apurar al que atraviesa por la aventura envidiable y sobrecogedora de estar transitándose a sí mismo con la engañifa de jugar a ser otro”. El teatro, subraya, es movimiento, exploración de obstáculos, descubrimiento, desarrollo de la imaginación y la inteligencia. Hay que aprender a ser actor y aprender a ser espectador, dice, y para eso brinda apuntes y pistas útiles. Cada uno debe con éstos lanzarse a buscar el personal misticismo, el ritmo interno. 

***

Rapto, es una palabra rica en acepciones. En su versión más corriente, la que escuchamos por televisión o leemos en los diarios de gran tirada, significa robo, secuestro; pero también quiere decir arrebato, arranque y hasta éxtasis, embeleso. Esto último tiene que ver con el tema mitológico griego del rapto de las Musas, que invito a estudiar; de ahí viene también nuestro uso vulgar de “esperé a las musas para inspirarme”. Democratizar el rapto, sentir que todos pueden vivir ese instante –aunque no sean genios–, es también objetivo de Filosofía de la técnica teatral, que a veces llega a conceptos que son hallazgos, con valor casi de visiones, como cuando dice: 
“Sepamos de esa ignorancia inmanente a la condición humana, lo que nos diferencia de los dioses, y tal vez volvamos útil el propio castigo que éstos imponen: el drama del impulso hacia la sabiduría sin remedio incompleta. No obstante, ese impulso quizá constituya la gloria, el atrevimiento insatisfecho por encima de todas las leyes”.
Ahora bien, en sus últimos capítulos Filosofía de la técnica teatral cambia. Se vuelve más reflexivo. E informativo. Es ahí donde se habla del teatro como meta, de la experiencia del TeTeBA, de la experiencia Gombrowics –donde Manzanal junto al director Adrián Blanco trabajaron el texto de “Trasatlántico” y lo llevaron a escena exitosamente, aquí y en un festival de Polonia, donde fue galardonado. Finalmente dedica un capítulo al análisis del teatro como tiempo, que sería como decir: no se puede hacer teatro sin una concepción del mundo, que parte de una anterior y va a una futura. O sea –y esto lo digo yo– el teatro ve siempre al mundo en crisis, entre una época que no acaba de terminar y otra que está por nacer. En mi opinión, justamente ésas son las épocas en que aparece el gran teatro.

En esta última parte del libro, empleando nuevas metáforas, Manzanal habla de la “areté” –principal meta a nivel educativo–, máximo punto de perfección (como valor agonal, disposición a combatir) y concluye afirmando que el teatro:
“…es casi una teoría de la vida. Pero lo más científico del teatro reside en la fe que promueve: fe en su objeto, fe en sus procedimientos, fe en la creación de organismos, fe atea consistente en creer más en la creación por sí misma que en un tal creador –con todo el sentido riguroso de pertenencia y apropiación que eso implica, método e instancias de proximidad y tratamiento mediantes.”
Con sus palabras, sus gestos y sus enseñanzas Manzanal analiza y anuncia que el teatro enfervoriza, o sea da fiebre, fiebre creativa, a todas las personas, y que ese síntoma es útil para crear en todos los ámbitos.

La religión católica, que debía ser una religión para los pobres, tuvo conciencia de esto cuando valoró más la visio de una mujer u hombre humilde que la de un opulento cardenal. No vamos a distinguir ahora entre la visión creadora y una visión santa, no porque no nos apasione el tema sino porque éste no es el lugar, pero creemos que cualquier niño que habita en las laderas de la cordillera, la pampa húmeda, las villas que rodean las ciudades o en el interior de éstas, puede al crecer –con los estímulos correspondientes– sentir el rapto y contribuir decisivamente en un área de la cultura. Aparte del placer que motiva leerlo, Filosofía de la técnica teatral va en camino a pretender esa posibilidad. 

                                                                            Ricardo Halac
                                                                            Buenos Aires, 17 de agosto de 2013


*prólogo a la edición impresa

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EL FULGOR MÍTICO. Mito y religión en la antigua Grecia

INTRODUCCIÓN*

Luego de la irrupción del racionalismo en el siglo XVII, la filosofía se volvió a encontrar con un escollo que ya había inquietado a los antiguos filósofos griegos: el mito. Para los pensadores de la modernidad, en muchos aspectos admirados estudiosos de la antigüedad helénica, parecía incompatible que un pueblo que había abierto los cauces del pensamiento racional, a través de la filosofía y de la ciencia, mantuviera como uno de sus legados más resaltados al mito. Desde Giambattista Vico, a comienzos del siglo XVIII, los iluministas intentaron racionalizar ese producto de la mente griega, apartándolo en muchos casos de la tradición posterior de base filosófica. Así, filósofos, antropólogos, politólogos, lingüistas, se han embarcado a lo largo de tres siglos en la búsqueda de una explicación que condense el secreto de tal producto que parece escaparse del discurso religioso (con el que, no obstante ello, mantiene una fuerte relación), del discurso filosófico, y por supuesto, del discurso científico. Desde la simple calificación de “irracional”, otorgada por los más fervorosos epistemólogos, hasta las categorizaciones estructuralistas que intentaban reducirlo a mero acto repetitivo de una fórmula encorsetada en un molde, el mito ha sido analizado sin llegar a un punto en común, a un acuerdo concreto. Excelentes trabajos como el emprendido por Levy Strauss, desde la antropología estructural, la categorización espiritual de Otto, o la interpretación que Blumenberg plantea como resignificación a través del tiempo, aplicando la teoría de la recepción, el mito ha vuelto a tomar espacio en el estudio de la conformación del pensamiento humano, más allá de simplificaciones prejuiciosas. Grecia, o mejor dicho, el legado del genio helénico, no parece estar completo sin tenerse en cuenta este producto de la creatividad humana. Un lenguaje propio, un formato propio, una naturaleza huidiza y por demás plástica, hacen del mito un producto inobjetable, pero, a la vez, paradojalmente inabarcable. ¿Qué origen tuvo este discurso? ¿Por qué la genialidad helénica, que cimentó las bases del pensamiento filosófico, del arte dramático, de cierta ciencia empírica, mantuvo y se nutrió de este maleable material? ¿Acaso su posible amorfía lo convierte en una materia amoldable para cualquier producto de la creatividad humana? ¿Por qué se valieron de él filósofos como Sócrates y Platón que sostuvieron un discurso altamente crítico en contra del mito? ¿Deriva el mito de una simple imaginación enfermiza, más ligada a la fantasía que a la ontología? ¿Es una enfermedad que la modernidad racionalista quiso extirpar como si se tratara de una rémora de ocultismo vergonzosa para un ser que dice ser racional como lo es el ser humano? Para ingresar en su estudio he decidido no dejar de lado ningún punto de vista. He consultado a todos los pensadores que me ha sido posible consultar. No me he detenido en prejuicios ideológicos o epistemológicos. He querido buscar en ellos todas las posibles alternativas de interpretación, para no privar al lector de este trabajo de los procesos de investigación que hasta aquí se han seguido, en pro de una explicación del mito. Circunscripto en la mitología griega, aquella que, por varios motivos, parece ser la más conocida por todos, este trabajo parte desde el humus vivificante del mito como un motor que influye y determina la esencia de la genialidad griega.  La filosofía, el drama, la pintura, la cerámica, la poesía lírica, todas las manifestaciones que hicieron al pensamiento y hasta a la vida cotidiana de los antiguos griegos se hallan traspasadas por el influjo mítico. Como una cosmovisión viva y a la vez vivificante, el mito griego rebalsó el mero recipiente de la forma oral, el continente de la palabra, para desbordar y alimentar varias expresiones de la creatividad humana. Abierta a nuevas influencias, se dejó a su vez enriquecer por otras tradiciones míticas, como las del cercano Oriente, adaptando esos primitivos relatos a la estética armónica de la mitología helénica, hecho que resulta bien claro con la adquisición de la diosa tracia Bendis, o de la Cibeles anatolia, en épocas de la Guerra del Peloponeso. Quizás, valga decirlo, sólo por desesperación ante el desastre. Sólo una decidida batalla contra su existencia pudo acabar, superficialmente, con su manifestación. El triunfo del Cristianismo de la mano de Constantino, en el siglo IV d.C., significó su silenciamiento, aunque su influencia siguiera, decidida o no, en muchas tradiciones que la nueva religión triunfante bautizara como elementos propios que le resultaban útiles para su desarrollo. Y no hizo falta más que un leve despertar del interés por la antigüedad en la modernidad para que resurgiera la importancia que la tradición mítica tuvo para la civilización helénica. Interés que aún hoy siguen manifestando muchos pensadores, como espero que quede claro en estas páginas. 

Finalmente quiero agregar que este trabajo nace por inspiración de un curso sobre “Símbolo y Mito” dictado por el Profesor Julio Balderrama en 1992, que me sirvió como puntapié inicial para mis investigaciones posteriores, plasmadas en un primer modelo en un curso que me fue dado dictar en 2011 sobre mito y religión en la antigua Grecia en el ISFD y T Nº 42 “Leopoldo Marechal”. 


                                                                                                               Sebastián Porrini


*prólogo a la edición impresa
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ENTRE LA TEORÍA Y EL AULA. Propuestas prácticas para una enseñanza crítica

Palabras preliminares*

Entre la teoría y el aula: Prácticas escolares que revisan teorías


Este libro se focaliza en lo que llamaremos cuadrinomio didáctico: el alumno-practicante, los alumnos a quienes se destina la propuesta didáctica, el profesor del espacio de la práctica –representando y guiando lo que ha sido la labor sostenida de un equipo docente en la formación de formadores– y el profesor orientador del curso en el que el alumno practica. Puntualmente, nos proponemos indagar los efectos que la interacción de estos componentes tiene a la hora de proyectar y poner en práctica una propuesta didáctica en la escuela secundaria. Esta mirada sinóptica (Cuesta Fernández, 1997: 17) permitirá no solo el conocimiento y la reflexión profunda sobre el quehacer áulico, sino que también contribuirá en los procesos de revisión teórica que a su vez transformarán la práctica. Hacer visible y audible este tipo de saber, que a diferencia del saber pedagógico, rara vez se documenta, es otra meta  de este trabajo. La cuestión radica, entonces, en la pregunta sobre la manera en que esas prácticas configuran hoy un modo particular (social) de exhibir, mostrar, hacer ver el conocimiento.

Las escuelas secundarias que participaron de estos proyectos de práctica docente –la ESB N°4, la ES N°6 “Juana Manso” y la ES N°8– pertenecen a instituciones educativas de gestión estatal de las localidades de José C. Paz y San Miguel. Están ubicadas en la zona noroeste del tercer cordón del conurbano bonaerense de la Pcia. de Buenos Aires, República Argentina. Sus directivos y docentes han abierto las puertas a esta experiencia desde hace varios años, para llevar a cabo las Prácticas Docentes de la carrera de Lengua y Literatura del ISFD N°42 de Bella Vista. Si bien las escuelas se encuentran ubicadas en centros urbanos, reciben muchos alumnos de la periferia de los distritos de José C. Paz y San Miguel, quienes, según datos recogidos por los practicantes en las instituciones, eligen, en su mayoría, concurrir a estos colegios para recibir una mejor enseñanza y no quedar “atrapados” en el engranaje de la marginalidad. Comprobamos en el aula que el conocimiento que algunos de los chicos tienen del código de la escritura y de las prácticas de la lectura en la escuela, se ha visto empobrecido por factores escolares y extraescolares de diversa índole. Este saber funcionó como presupuesto para la elaboración de los proyectos que presentamos, dado que creemos que las prácticas de lectura, escritura y oralidad, sostenidas en el tiempo y pensadas a partir de las intervenciones de los componentes del cuadrinomio didáctico, podrían mejorar los resultados de esas prácticas.

De modo que, compartir una mirada respecto del contenido a enseñar, comprender que detrás de cada decisión pedagógica hay un presupuesto teórico que debe explicitarse, aceptar un comentario como parte fundamental del proceso de planificación didáctica, comprender que lo planificado no necesariamente se dará de la misma manera en el aula, registrar las experiencias pedagógicas con la finalidad de reflexionar sobre ellas de manera colectiva, será parte del proceso de diseño, gestión y difusión de buenas prácticas de enseñanza. Además, nos proponemos con esto, documentar estas experiencias con el propósito de difundir textos escritos por practicantes, profesores de práctica, docentes de las cátedras teóricas y profesores de las escuelas secundarias, que reciben a nuestros practicantes. Para ello, resulta necesario crear las condiciones institucionales y técnicas para que los estudiantes y docentes involucrados en su formación, reflexionemos y comuniquemos a través de la oralidad y la escritura, las experiencias pedagógicas que han generado diversas prácticas escolares locales, cargadas de sentido para los protagonistas. El propósito de esto es aportar valiosos datos descriptivos que sirvan para analizar los procesos educativos tal como ocurren en las escuelas en donde trabajamos, de modo que los resultados de dichos procesos puedan ser examinados y discutidos con el objetivo de reflexionar sobre los supuestos teóricos que los sustentaron. 

De hecho, buscamos crear un espacio de intercambio comunicativo que diseñe un puente entre las experiencias que tienen lugar en el profesorado, las que se encuadran dentro de las escuelas secundarias que reciben nuestras propuestas pedagógicas y las perspectivas teóricas que se ponen en juego, detrás de cada decisión pedagógica.

Tal vez, todos estemos de acuerdo con que la práctica de enseñanza siempre está requiriendo mejoras y transformaciones. Pero, si se preguntara a distintos sujetos sociales qué significa ser un buen docente, ¿habría consenso, o, por el contrario, el interrogante generaría intensos debates?  ¿Hay unanimidad en lo que se concibe como buena enseñanza? A este planteo, algunos estudiosos del tema, como Estela Cols, responden que eso dependerá de los saberes docentes que se consideren necesarios en función de cómo se conceptualice esa práctica y de los contextos histórico-políticos en que se inscriben (Cols 2008: 2); es decir, que toda práctica implica posicionamientos y está situada en una época con características particulares.
¿Cuáles son, entonces, los saberes que un docente debe reunir en pleno siglo XXI en función de los nuevos contextos, los nuevos paradigmas y teorías, los nuevos modos de transmitir y producir el conocimiento? 

En su libro Competencias docentes para el siglo XXI, Augusto Pérez Lindo, al preguntarse qué competencias debería tener el profesor del nuevo mundo que se está gestando, qué cualidades habría que considerar para evaluarlo, cuántas deben ser y en qué proporción tendría que valorarse cada una, se responde que las competencias básicas para todo docente, en este siglo, independientemente del nivel educativo al que pertenezca (inicial, primario, secundario, terciario, universitario) son: cientificidad, comunicabilidad, creatividad, sociabilidad, reflexividad, responsabilidad social (Pérez Lindo 2012: 8-30) (1)
Estela Cols, por su parte, sostiene que los saberes necesarios en un docente son “múltiples y de diversa naturaleza”, porque “la propia enseñanza moviliza distintos tipos de acción” (Cols 2008: 3). 

Sin duda, las respuestas pueden ser variadas, pero en todas ellas estará subyacente la idea de que  los sistemas educativos  están obligados a repensar la función de los docentes y la naturaleza de los aprendizajes, sin olvidar que los posicionamientos van a tener que ver con el modo en que se conceptualice el rol del docente, el del alumno, el de la escuela en general, o de lo que se entiende por adquisición del conocimiento (2).

¿Cómo deberán materializarse, entonces, esas decisiones en las  instituciones de educación superior? Para Cols, su doble desafío es el de contribuir al desarrollo de un doble proceso: la formación de los estudiantes en tanto estudiantes del nivel superior  y la formación del futuro profesional, dos  procesos que se articulan.

Formarse como estudiantes, por un lado, implica la apropiación de distintos saberes o habilidades; se trata de un oficio con sus reglas y exigencias. Como lo señala la autora, “el estudiante deberá insertase en una comunidad con normas particulares e incorporar progresivamente nuevos modos de hacer, de relacionarse, de trabajar en clase, de leer un texto, de estudiar y aprender” (Cols 2008: 4). Se trata de competencias que el futuro docente deberá desarrollar porque –como afirma Augusto Pérez Lindo– para poder “enseñar a aprender” tendrá primero que “aprender a aprender” (Pérez Lindo, 2012: 33). 

En ese proceso, cobra relevancia el concepto de trayectoria, entendida como ese recorrido que realizan los actores sociales (en este caso, los estudiantes) y que estará sometido a transformaciones continuas. Se trata, entonces, de una trayectoria que supone temporalidad, en la que se verán reflejados tanto los cambios en el campo en el que esos actores se desenvuelven como en ellos mismos. Una trayectoria que se enlazará con otras trayectorias anteriores y paralelas de la vida personal y social de los sujetos (la vida escolar en los niveles anteriores, la vida familiar, laboral, cultural), no sin conflicto. Este cruce de trayectorias implica una revalorización de la biografía escolar del estudiante, puesto que la historia personal –relacionada fundamentalmente con lo escolar– contribuye en la construcción del rol docente, a tal punto, que muchas veces tiene mayor peso que lo que se adquiere en las instituciones de formación docente. Será fundamental, por tanto, desnaturalizar lo naturalizado, analizar a fondo y desarticular creencias muy arraigadas.
La formación como profesional, por otro lado, implica prepararse para sus prácticas como docente de un nivel escolar determinado, lo cual requiere –según Cols– “manejo del contenido, estrategia y pericia técnica para diseñar propuestas válidas y viables, imaginación para sortear obstáculos y restricciones, arte para suscitar intereses y plantear desafíos, capacidad de diálogo con el otro y comprensión, habilidad para la coordinación y la gestión y una buena dosis de reflexión para la toma de decisiones en contextos muchas veces inciertos”. Un profesor debe disponer, por tanto, de “una variedad de saberes y competencias que le permitan obrar adecuadamente en diferentes circunstancias” (Cols, 2008: 3).

Si nos detenemos en el caso particular de la formación de profesores de lengua y literatura, ¿qué posicionamiento epistemológico y didáctico habrá de adquirirse en función de las demandas de la sociedad actual? En cuanto a cuestiones didácticas en general: ¿Qué concepción de currículum preferir? ¿Qué entender por rol del docente y rol de alumno? ¿De qué modo habrá de concebirse lo que significa conocer o ha de adquirirse el conocimiento y desarrollarse el pensamiento? 

En relación con la didáctica específica de la asignatura: ¿Qué posicionamiento detentar ante los cambios en la disciplina escolar: las prácticas del lenguaje y la literatura? ¿Qué concepciones priorizar sobre lo que debe ser leer o escribir? ¿Qué lugar habrá de darse a los contenidos gramaticales? 

Los trabajos presentados en este libro, ponencias desarrolladas en el marco de una jornada institucional llevada a cabo por el Instituto Superior de Formación Docente Nº42 “Leopoldo Marechal”, evidencian esos posicionamientos a los que se llega –colisionando a veces–, pues en las decisiones tomadas se enfrentan las distintas trayectorias del sujeto social e histórico, que es en este caso el alumno practicante –en su doble rol de alumno y docente–, quien debe articular las competencias adquiridas en ambas funciones en un contexto determinado y específico como lo es la escuela, caracterizada como un espacio con su propia cultura. Para Antonio Viñao, la cultura escolar estaría constituida por un conjunto de teorías, ideas, principios, normas, hábitos y prácticas sedimentadas a lo largo del tiempo en forma de tradiciones y reglas que se transmiten de generación en generación. Los aspectos más visibles que conforman esa cultura o “gramática escolar” son los actores sociales que intervienen, los discursos y modos de comunicación utilizados, los modos organizativos formales e institucionales y la cultura material de la escuela: los espacios, los materiales didácticos, etc. (Viñao, 2002: 56-60). Es en ese mundo escolar particular en el que el alumno practicante –y posterior docente– deberá insertarse.

En estos proyectos didácticos se comprueba el funcionamiento de esa tríada educativa: profesor, alumno y contenido, pero, a su vez, las relaciones internas, y, a veces conflictivas, entre currículum, didáctica (que incluiría teorías y métodos para enseñar) y la práctica docente. Son representativos, por lo menos en parte, del llamado “currículum real”, ese testimonio “invisible”, según las certeras palabras de Cuesta Fernández, el ámbito más inaccesible de las prácticas de enseñanza: el trabajo real del docente y su relación con lo prescripto (Cuesta Fernández, 1997).

Las ponencias nombradas estuvieron organizadas en función de ejes temáticos vertebradores que pretendieron cubrir diferentes aspectos propios de la disciplina: la relación entre literatura e historia o las problemáticas sociales; la integración de la gramática a los procesos de lectura y escritura;  la resignificación de la literatura con la incorporación de otros lenguajes artísticos;  las problemáticas propias de los géneros y subgéneros literarios; el canon dentro de la tradición literaria y el recorrido de las posibles lecturas de esos textos canónicos en contextos históricos diferentes.

Los autores de estos proyectos didácticos y estas ponencias, alumnos practicantes de tercero y cuarto año del profesorado de lengua y literatura, no solo narraron sus experiencias en el ámbito educativo, sino que dejaron, incluso, registradas sus dudas y reflexiones antes, durante y luego de la puesta en marcha de su propuesta didáctica. 

Además, a través de un trabajo metacognitivo –que Cols define como un conocimiento de “segundo orden”, un conocimiento acerca del conocimiento–, pudieron evaluar sus propios trabajos. Dirigir su propio proceso de aprendizaje –como estudiantes– cobra real relevancia, si consideramos que no solo los prepara para monitorear lo que será su futuro accionar como profesionales, sino también para ayudar a sus propios alumnos a seguir el mismo proceso.

Pero ese acto particular dejó de ser tan solo un proceso individual, al volverse colectivo en ese contexto –con características específicas– que fue la jornada en la que tuvieron lugar las ponencias, pues –mediante el 
debate– se potenció la reflexión profunda sobre problemáticas relacionadas con la enseñanza de la lengua y la literatura con las que se identificó una multiplicidad de docentes. Así por ejemplo, una alumna practicante, que debía abordar textos considerados por ella complejos por pertenecer a un contexto tan lejano y diferente al del alumno –como El poema de Mio Cid o Martín Fierro–, se preguntaba con una gran cuota de incertidumbre: “¿Cómo trabajar con textos extensos que implican el conocimiento del contexto que nos enmarca y nos dirige el rumbo de un análisis? ¿Cómo lograr que los alumnos se vinculen con ciertos temas que conllevan un análisis más interdisciplinario que otros –sin desgastar rápidamente su interés– y lograr adquirir una forma más dinámica en su comprensión?”

Otra alumna se preguntaba: “¿Cómo brindar datos históricos a los alumnos sin caer en una clase expositiva de historia?”, procedimiento necesario, puesto que “quitar el velo a la multiplicidad de voces que forman las decisiones políticas y estéticas a lo largo del tiempo, resulta enriquecedor tanto para el desarrollo de la capacidad crítica como para el interés de los alumnos por descubrir los procesos de sacralización de un texto tradicional como el Martín Fierro”, como ella misma lo manifiesta.

Otro interrogante que surge de una alumna practicante respecto de los textos de circulación social que los alumnos leen por su cuenta fue: “¿Son lectores pasivos o identifican la interpelación en el texto? ¿Infieren características de los géneros de circulación social? ¿La escuela los prepara, les da herramientas para reconocer su intencionalidad y el modo en que influyen en ellos?”

Estos cuestionamientos denotan la variedad de decisiones que el profesor de lengua y literatura debe tomar cuando planifica, cuando pone en marcha su proyecto didáctico y cuando lo cierra, evaluando siempre lo que está haciendo y lo que puede mejorar. Entre esos planteos estarán los señalados más arriba, pero también puede haber muchos otros –que tendrán que ver con cuestiones físicas, psicológicas, disciplinares o metodológicas– como por ejemplo: cómo interrelacionar los contenidos para dar cuenta de una secuencia didáctica; qué textos incluir y cómo abordarlos; si conviene o no fragmentarlos; cómo solucionar los problemas relacionados con la falta de lectura por parte de los alumnos; cómo manejar el tiempo; cómo resolver problemas edilicios y de espacio; cómo incorporar la reflexión sobre el sistema de la lengua en los procesos de lectura y escritura…

Si hiciéramos una historización de la lengua y la literatura como asignatura escolar, comprobaríamos que –tanto desde las decisiones políticas como las de los “expertos” que convierten el saber erudito en saber a enseñar, todo lo cual se plasma en planes de estudio o diseños curriculares– es mucho lo que se ha polemizado acerca de la enseñanza de la disciplina: desde cuestiones más generales y organizativas como: cuántas horas semanales asignarle, en qué orden abordar los contenidos o qué nombre darle a la materia (Idioma Nacional, Idioma Patrio, Castellano y Literatura, Lengua y Literatura, Prácticas del lenguaje y la literatura), a cuestiones más específicas y metodológicas como: qué textos leer (canon), qué lugar otorgarle a la literatura argentina, de qué modo proceder en el abordaje de la literatura (desde la literatura preceptiva o la historia de los movimientos artísticos a la lectura del texto o viceversa), o de la lengua (desde la gramática al texto o viceversa), cómo abordar la lectura y la escritura, qué lugar deberá ocupar la oralidad, etc. (Bombini, 2004). 

Podemos afirmar, entonces, que todas estas controversias no son nuevas, sino que datan del siglo XIX, pero que, a su vez, todos estos debates se han ido reelaborando. En pleno siglo XXI, muchas de esas cuestiones se resignifican y se agregan otras nuevas, como por ejemplo, cómo incorporar las nuevas tecnologías de la información y la comunicación en la escuela –particularmente la computadora y los múltiples recursos que ofrece–, para que dejen de ser, como señala Begoña Gros, “visibles” y puedan convertirse en “invisibles”, es decir, en herramientas tan cotidianas como los lápices, los bolígrafos y los libros; no un elemento suntuoso y especial que se usa solo en ocasiones (Begoña Gros, 2004).

No hay duda de que detrás de todas estas decisiones hay posicionamientos y que los mismos están atravesados por concepciones acerca de lo que debe ser no solo la enseñanza de la lengua y la literatura, sino también de lo que pretendemos que hoy en día sea la labor del docente, la del alumno, la de la escuela, pero –fundamentalmente– de la forma en que concebimos debe ser el modo de apropiarse del conocimiento, puesto que su naturaleza y difusión han cambiado mucho. El modelo unidireccional profesor-alumno se ha ido desbaratando, como así también la visión del conocimiento como algo estático; ideas que se contraponen con una visión del conocimiento como algo mucho más dinámico y complejo. De un conocimiento centrado en determinadas personas (los expertos) y lugares específicos, se ha pasado a un conocimiento distribuido. La escuela –según algunos autores– actúa en un sentido inverso al desarrollo actual de la sociedad, puesto que “no es el lugar de movilidad del conocimiento, sino el lugar en el que algunos conocimientos son transmitidos y clasificados. El lugar en el que los conocimientos se hacen sedentarios, envejecen y se hacen estáticos” (Simone, 2001: 41; citado por Begoña Gros). 

Si esto es así, nuestra deuda con la educación es grande. Esta propuesta es, por lo tanto, un intento de empezar a cambiar nuestras concepciones en vista de las exigencias actuales y proceder en  consecuencia. Deseamos, entre otras cosas, que la escuela –aunque dejó de ser la única transmisora del saber– pueda reivindicarse como el lugar donde el conocimiento circula y se profundiza; que el docente no sea un mero transmisor de conocimientos, sino que pueda convertirse en “un facilitador que enseña a pensar, a seleccionar, e interpretar información, a resolver problemas y a desarrollar actitudes de cooperación con los demás” (Pérez Lindo, 2012: 3); que el alumno no  sea solo un receptor de conocimientos, sino un agente activo, elaborador de conocimientos, pues así será parte del proceso negociador por el cual se crean y se interpretan los hechos o se elabora la cultura; todo lo cual podrá efectivizarse a través de la reflexión, la imaginación, la metacognición (Bruner, 1991). En definitiva,  esperamos que enseñar lengua y literatura sea ese “foro” –al que alude Bruner– en el que el estudiante participa de la negociación, de la recreación de significado.

Para que esto ocurra, deberemos –sin duda– centrarnos en la reflexión, de acuerdo con su significado etimológico: “encorvar, inclinar, volver atrás (la cabeza o los ojos)”. Esa es la mirada que hay que adoptar –según nos lo sugiere Elsie Rockwell–, cuando analizamos la práctica educativa; se trata de una mirada etnográfica. Es de ese modo como la experiencia podrá resultarnos significativa debido a que ese trabajo reflexivo nos llevará a precisar y transformar la concepción desde la cual miramos y describimos la realidad, y, por ende, a actuar en consecuencia. 


Diana Spinelli y Teresita Blanco
(compiladoras)


(1)  El autor amplía estos conceptos, repartiendo las diez competencias –que un docente debe adquirir– en cinco dimensiones: I Aprender a ser: 1 Identidad. 2 Creatividad. II Aprender a conocer: 3 Cientificidad. 4 Competencia lingüística. III Aprender a aprender: 5 Capacidad para enseñar a aprender. 6 Comunicabilidad. IV Aprender a hacer: 7 Capacidad para enseñar el saber hacer mediante la resolución de problemas. 8 Competencia informacional. V Aprender a convivir: 9 Sociabilidad. 10 Responsabilidad social (p. 32-33).

(2)  Andrea Alliaud y Estanislao Antelo, en Los gajes del oficio. Enseñanza, pedagogía y formación. Buenos Aires, Aique Educación, 2009, señalan que, como la práctica docente es una intervención que se caracteriza por su singularidad y complejidad –pues nunca se reproducirá de manera idéntica en otras situaciones–, es necesario fortalecer el oficio de enseñar para afrontar los desafíos de la sociedad actual. Para ello, además de poseer marcos conceptuales sólidos, el docente debe tener saberes prácticos (poco contemplados hasta el momento por las ciencias de la educación) que permitan decidir, actuar y reflexionar sobre lo que se hizo o lo que se está haciendo. No alcanza, entonces, con los saberes formalizados propios de las disciplinas; se requiere también de saberes prácticos, que “es necesario disciplinar, o recuperar o sistematizar y otorgarles entidad en las instancias de formación profesional. Saberes que se producen en situación para resolver situaciones problemáticas concretas, cuya autoría corresponde a los enseñantes”. Es importante, por tanto, investigar, probar, ensayar, experimentar, en las escenas escolares y en las instancias de formación de tal modo que –en un ámbito caracterizado por la incertidumbre y en el que lo incierto siempre va a ser mayor que lo anticipable–, preparen al docente para afrontar lo que escapa del control, pero provistos de herramientas que le brinden seguridad y algunas certezas. “Quienes enseñen tienen que estar formados para esto. Un docente que “sabe”, entonces, sería no solo aquel que sabe qué decir y cómo decirlo (qué enseñar y cómo enseñarlo), sino que tendría que poder decidir qué hacer y cómo hacerlo (p. 157-161). 

*prólogo a la edición impresa
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Trazos trizas trozos, de Cristian Walter

Resarcimiento*

Después de un magistral alegato, el jurado llegó a la conclusión de declarar inocente a la demandada.
El fiscal estaba furioso y dijo no comprender el veredicto. No obstante, a la salida del tribunal, la acusada declaró: “¡Al fin se hizo justicia! Tanto años repudiada. Yo sólo les di de comer.”
El abogado defensor aseguró que iniciará una demanda por daños y perjuicios contra la Iglesia Católica, exigiendo un enorme resarcimiento económico por haberla difamado.
El Vaticano se declaró en bancarrota.



Momentos*

Tuvo momentos de felicidad, no vamos a negarlo, pero eran sólo eso: momentos. Se sentía importante durante las pocas horas que duraba la atención puesta en él: el pecho se le hinchaba y despedía un aroma fresco y verdoso; recibía besos y caricias por doquier; su nombre se repetía en cada rincón del departamento de Cecilia; pero, como dijimos antes, su felicidad duraba momentos: la tristeza lo invadía cada vez que Cecilia se quedaba sin agua caliente y lo dejaba abandonado sobre la mesada de la cocina, junto al termo.




Reencarnación*

Cuando vio por primera vez su reflejo en el río, se percató de su fealdad y decidió acabar con su vida. Acto seguido, reencarnó en un mariposa; pero su estadía en el mundo fue breve y no tuvo que esperar demasiado para un nuevo envase. Parado en el medio de la selva, una flecha atravesó su corazón a pesar de que su tamaño y su bravura infundían temor.
Se asomó a una nueva reencarnación: abrió los ojos; con sus anfibias extremidades acarició la viscosidad de su rostro y croó de felicidad. Desafortunadamente, un instante después recibió el beso que lo devolvió a su figura humana.


*del libro Trazos trizas trozos, cantamañanas (2012)



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De farsantes sobrevivientes y tontos, de Carolina Arias

PRÓLOGO*

“Me gusta la poesía que te deja la mente en silencio” rezaba el prólogo de un libro de poemas que compré una vez en una feria. La expresión hizo eco en mi cabeza, y no puedo despegarme de ella a la hora de escribir este prólogo.

Qué decir de una obra sin hablar primero del autor –en este caso, la autora–. 

Carolina Arias escribe dando pinceladas en cada palabra, cuidando hasta el último detalle del lienzo. Aquí nada está porque sí, nada queda librado al azar. Dicho esto, uno podría pensar que sus relatos quedan cerrados a una única y determinada interpretación; sin embargo, las cosas no funcionan de manera tan lineal: sus cuentos viven, con todo lo que ello implica.

Cuando esta obra llegó a mis manos junto al pedido de prologarla, me enfrenté al primer interrogante: ¿por dónde empiezo? ¿Cuentos, microcuentos, temáticas, recursos? Quise aventurarme tratando de encontrar un relato que pudiera resumir la obra completa, pero me resultó imposible.

Decidido a dar forma a este prólogo, fui de historia en historia anotando puntillosamente cada una de las impresiones –y emociones– que iban surgiendo cada vez que mis ojos recorrían las líneas que las forman. Ni bien llegué al final, comencé nuevamente por el principio, tratando de corroborar los resultados obtenidos y caí en la cuenta de que el asombro no había desaparecido y que aún podía extraérsele más jugo a la cuestión.

Desolado ante este panorama que se me presentaba cambiante, viendo palabras, frases e ideas bailotear frente a mí, opté por desmembrar cada uno de los cuentos y microcuentos que componen este libro. Fue entonces, después de tanta recorrida sobre estas páginas, que pude esbozar la idea de que los cuentos de Carolina Arias cobran vida con cada lectura que uno hace.

Supracromático, Animal, La mujer de rojo, Monjitas... todos y cada uno de ellos reflejan el alma humana. La mujer como objeto de deseo inalcanzable, la heroína abatida, el macho que siente perder su hombría detrás de un par de caderas seductoras.

En Vox Populi, la sentencia final aparece como una bofetada que nos obliga a replantearnos el sentido que les damos a las voces ajenas que merodean en torno a nuestros pensamientos; Utopía nos divierte al mismo tiempo que nos invade la idea de que lo que anhelamos ser y lo que se nos permite ser no siempre van de la mano. En Esos borroneados labios de café el paisaje del conurbano se presenta como el escenario ideal de una historia de encuentros, desencuentros,  espera y pérdida.

Con su prosa, Carolina Arias nos lleva de la mano por las calles porteñas y del Gran Buenos Aires; nos perfuma las palabras; nos hace vivir desencuentros, abandonos, muertes. Luego, sin preámbulos ni pretensiones desmedidas, nos devuelve la esperanza y nos deja la mente en silencio.

En estas páginas se percibe ese aroma a café artesanal, a noches de tango, a mate amargo y con espuma, a rimmel corrido, a tierra mojada; recorremos historias conocidas, nuestras historias, sin caer en lugares comunes, sin saber qué va a pasar.

En cada relato, la autora se encuentra agazapada, esperando el momento para darnos un zarpazo que nos desgarre o nos despierte: somos presas en su festín, tal como sus personajes.

Sin querer, nos dejamos llevar, nos dejamos hacer, mientras ella, la autora, Carolina, nos ceba un mate, nos ofrece un bizcochito y nos mira divertida porque sabe que ya cambió nuestro mundo.

                                                                                                        Cristian Walter

* prólogo a la edición impresa
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Sobre los trazos de tiza borroneados de una rayuela, de C. Arias y C. Walter

Palabras preliminares*

Normalmente uno va caminando por la calle sin reparar en ciertas cosas ¿no? Como por ejemplo: si la pintura de una pared está descascarada, o cuántos cables atraviesan el cielo de una esquina, o en las caras de los vendedores de monedas.

Son meros detalles que no influyen en nuestro acontecer cotidiano.

Ocurre, sin embargo, que en un momento determinado, uno se fija en alguna cosa sin importancia y entonces, descubre algo.

Vamos a ver, ¿cuántos de nosotros leemos cada número de cada boleto de colectivo y tren que sacamos? Generalmente no nos dedicamos a tareas tan mínimas. Y en eso, sucede que un día, de golpe y sin saber por qué, posamos distraídamente la mirada sobre el numerito del boleto del bondi... y ese -justo ese- es capicúa. ¿Pura coincidencia? ¿Casualidad? En realidad, algo de ‘causalidad’ hay ahí escondido. Pero... no vamos a hablar de predestinación: no nos vamos a poner esotéricos ahora.

La cuestión es que estábamos sentados en un banco de la plaza discutiendo [vaya a saberse de qué cosa] y tomando algo de sol otoñal, cuando vimos una cosa cuadrada y oscura tirada debajo del banco que teníamos enfrente. La curiosidad pudo más y recogimos el objeto: era una especie de libreta o agenda de cuero marrón. Nos miramos y, sin dudarlo, nos sentamos en el banco y la abrimos.
Nos encontramos con que le habían arrancado la mayoría de las hojas, aunque algunas quedaban. Había un par de poesías, cinco fotos, un registro que alguien había llevado de sus vacaciones, la página doscientos siete de un libro de Cortázar, dos entradas a una clase de salsa, anotaciones de fechas de parciales y de turnos en el médico, la servilleta de papel de un bar y un trébol de cuatro hojas.

Buscamos números de teléfonos o direcciones, para devolver la libreta: nada. Resolvimos, entonces, quedárnosla.

Algo nos atrajo de esos fragmentos de vida, algo que latía a través de los papeles, del trébol y del cuero de la tapa.

Esa noche, ya en casa, leímos el contenido varias veces. Como quien no quiere la cosa, alguien tiró la idea: ‘¿Y si escribimos algo con esto?’ ‘¿Algo como qué?’ ‘Yo qué sé... la historia de estos dos.’ ‘Mmm... ‘ta buena la idea...’
Y fue así que nos pusimos manos a la obra. Para resguardar su privacidad, les cambiamos los nombres: en este libro van a aparecer como Cecilia y Martín.

Promediando la escritura, nos dimos cuenta de que la historia se escribía sola, nosotros solamente éramos los mensajeros. 

Y finalizando, ya no sabíamos si habíamos escrito sobre nosotros en la figura de otros o sobre otros que eran tan semejantes a nosotros.

¿Quién es Martín? ¿Quién es Cecilia? ¿Quién es Carolina? ¿Quién es Cristian? ¿Será que la vida de uno es la de todos? ¿O será que toda vida es una ficción que nos construimos a medida?

Pero basta. Prometimos no ponernos esotéricos.

Ya no sabemos qué es lo que van a leer a continuación.

Tal vez sea, en definitiva, una historia más, o todas las historias, o, simplemente, cualquier historia.

                                                                                     Carolina Arias y Cristian Walter


*prólogo a la edición impresa

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Mi ViEja NO lo eNTenDeRÍa, de Dafne Mociulsky

PALABRAS INNECESARIAS*

Ojos de rayos x, eso parece que tuviera Dafne. Mira y le saca la ficha al asunto. ¿Explicar este libro? ¿Hacer un análisis muy erudito de los cuentos, del estilo, de la poética? ¿Buscarle analogías, comparaciones, filiaciones literarias...? No. Creemos que espantaríamos a los lectores o les arruinaríamos la experiencia.
Podríamos elogiar a la autora, pero no, tampoco sería necesario porque sus cuentos hablan por sí solos y te interpelan –a vos, lector–.

Acá bailotean nuestros fantasmas ante nuestros ojos y se desnudan –nos desnudan–. Así van transcurriendo historias que de tan fantásticas son perfectamente cotidianas, y situaciones que de tan trágicas, se vuelven cómicas.

De pronto te encontrás con piñas como “Pero claro, nadie te salva de vos mismo, ni a vos ni a nadie.” O “uno necesita, invariablemente, amor, y eso hace que uno se traicione sin cesar...” Uff... no importa, te recuperás y seguís leyendo.

Aparece delante de tus ojos un amor adolescente perfecto –y por ese mismo motivo, imposible–. Un amigo que le dice al otro exactamente lo último que éste quisiera escuchar. Un cobarde que huye ante la concreción de sus deseos.

Mujeres adictas, mujeres superadas, mujeres desorientadas, mujeres que no son mujeres.

Te tropezás con un “Lloraba porque existía. Era muy sutil para este mundo.” Pedís un respiro... pero no podés dejar de leer. Situaciones sexuales insólitas. Emociones en carne viva.

Bueno, no más parloteo. Te incitamos con la mayor de las irresponsabilidades a aventurarte en estas historias: el riesgo corre por tu propia cuenta.

                                                                                                                  Los Editores


*prólogo a la edición impresa
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